Bienvenue a mon nouveau Petit Palais

.:: Obrαs liтєrαriαs ::.

Feliz año nuevo

Era guapísima, pensó. La mujer más guapa del mundo. Un vestido negro, escotado por detrás, el pelo recogido en la nuca. Unos ojos grandes e inteligentes que lo miraron de esa manera singular con que miran algunas mujeres, como si se pasearan por dentro de ti, escudriñándote cada rincón, y esa certeza te erizara la piel. No sabía cómo se llamaba, ni quién era. Ni siquiera si estaba con otro. Pero comprendió que era ella. Así que venció el nudo que se le había hecho en la garganta y dijo aquí te la juegas, chaval, te juegas el resto de tu vida, y a lo mejor haces el ridículo más espantoso; pero sería peor no intentarlo. Así que se fue derecho hacia ella, recorriendo esos cinco últimos metros que ningún hombre inteligente franquea si no son los ojos de la mujer los que invitan a recorrerlos. Hola, me llamo tal, dijo. Y no me perdonaría nunca dejarte salir de mi vida sin intentarlo. Ella lo miró despacio, evaluando su sonrisa algo tímida, la manera sencilla que tenía de estar de pie ante ella, encogiendo un poco los hombros como diciéndole ya sé que lo hemos visto muchas veces en el cine y por ahí, pero no puedo evitarlo. Te pareces a esas cosas que uno sueña cuando es niño. Lo consiguió. La felicidad le estallaba dentro y el mundo y la vida eran una aventura maravillosa. Bailaron, rieron. Compartieron sus mundos e hicieron que éstos empezaran a fundirse el uno con el otro. Música, cine, viajes, libros. Tiene cosas que yo necesito, pensó. Cosas que a mí me faltan. A veces se quedaban callados, mirándose un rato largo, y ella sonreía un poco, casi enigmática. Quizá se sienta como yo me siento, pensó él. Tocó su piel, rozándola con precaución al principio. Acercaron los rostros para conversar entre la música, acarició su cabello, respiró su aroma, asimilo cada registro de su voz. Algo hice para merecerla, pensó de pronto. Los años de colegio, la facultad, el trabajo, la lucha por la vida. Sentía que era un premio especial; que una mujer así no caía del cielo a cambio de nada. Eso lo hizo sentirse más seguro, más cuajado y adulto. Y en sólo unas horas, maduró. Se hizo lúcido y se dispuso a merecerla.

Llegaron las campanadas. Ding, dong. Todos bailaban y reían, brindaban, chocaban las copas salpicándose de champaña. Feliz 2001. Feliz año nuevo. Él nunca había sido muy sociable; tenía sus ideas sobre las fiestas de año nuevo en general y sobre la Humanidad en particular, y no eran ingenuas en absoluto. Sin embargo, aquella vez amó a sus semejantes. Los habría abrazado a todos. Con la última campanada ella se quedó mirándolo en silencio, la copa en la mano, la boca entreabierta, y él se inclinó sobre sus labios. Sabían a champaña y a carne tibia, y a futuro. Alrededor los amigos aplaudían y bromeaban sobre el flechazo. Ellos seguían mirándose a los ojos y se besaron de nuevo, ajenos a todo. Y más tarde, rozando el alba, la acompañó a su casa. Se besaron de nuevo en el portal, mucho rato, y él regresó a casa caminando en la luz gris del amanecer, las manos en los bolsillos, sintiendo deseos de dar pasos de baile, como en las películas. Estaba enamorado.

Pasaron los meses y se amaron con locura. Ella estaba en el último año de carrera; él, a punto de conseguir el trabajo soñado. Viajaron juntos y hubo un verano maravilloso, el mar, los paseos por la playa, las noches cálidas. Cuando estaban juntos apenas necesitaban otra cosa. Ella se le aferraba, jadeante, sus ojos muy abiertos cerquísima de los suyos, abrazándolo como si pretendiera hundírselo para siempre en las entrañas. Te amaré toda mi vida, dijo él. Me parece que deseo un hijo, dijo ella. Que se parezca a ti. Que se nos parezca. El mundo era una trampa hostil, pero podía ser habitable, después de todo. Era posible, descubrieron sorprendidos, construir un lugar donde abrigarse del frío que hacía allá fuera: un refugio de piel cálida, de besos y de palabras. A veces se imaginaban de viejos, con nietos, libros, un pequeño velero con el que navegar juntos por un mar de atardeceres rojos y de memoria serena.

Aquel año consiguió el trabajo por el que había luchado toda su vida. Un puesto de responsabilidad en una multinacional importante. El primer día que fue al despacho, al llegar a su mesa situada junto a la ventana con una vista maravillosa de la ciudad, pensó que había llegado  a algún sitio importante, y que el triunfo también era de ella. Tenía que compartir ese momento, así que descolgó el teléfono y marcó el número de la casa donde ahora vivían juntos. Estoy aquí, lo he conseguido. Estoy en la cima del mundo, dijo. Y te quiero. Mientras hablaba, sus ojos se posaron, distraídos, en el calendario que estaba sobre la mesa: martes 11 de septiembre. Luego se volvió a mirar por la ventana. El día era hermoso, los cristales de la otra torre gemela reflejaban el sol de la mañana, y un avión enorme se acercaba volando muy bajo.

Arturo Pérez- Reverte


Apariencia.

Como mala persona soy un completo desastre. Hay montones de gente que afirman que no he hecho nada malo en toda mi vida. Por supuesto, sólo se atreven a decirlo a mis espaldas.

Oscar Wilde


Aprendizaje.


(…) Desde un punto de vista laico,
David, la conciencia es sólo una especie de censor, un espacio donde se
almacenan las sanciones sociales. Pero en realidad viene a ser algo así
como un intruso, y a menudo nos guía hasta las soluciones adecuadas…
incluso en situaciones que escapan a nuestra comprensión. ¿Me sigues?
(…)

Desesperación.
KING, Stephen.

Photo: Niveles de
conciencia
by feniceo
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Época de exámenes, y con muchas ganas de desconectar…

Por algo se empieza.

P.D.: Te quiero, tal y como he hecho estos últimos dieciseis meses.

La llave que encaja.


(…) Había puertas alrededor de todo el vestíbulo, pero todas estaban
cerradas con llave, y cuando Alicia hubo dado la vuelta, bajando por un lado y
subiendo por el otro, probando puerta a puerta, se dirigió tristemente al
centro de la habitación, y se preguntó cómo se las arreglaría para
salir de
allí.

De repente se encontró ante una mesita de tres patas, toda de cristal
macizo.

No había nada sobre ella, salvo una diminuta llave de oro, y lo
primero que se le ocurrió a Alicia fue que debía corresponder a una de las
puertas del vestíbulo. Pero, ¡ay!, o las cerraduras eran demasiado grandes, o
la llave era demasiado pequeña, lo cierto es que no pudo abrir ninguna puerta.
Sin embargo, al dar la vuelta por segunda vez, descubrió una
cortinilla que no
había visto antes, y detrás había una puertecita de unos dos palmos de altura.
Probó la llave de oro en la cerradura, y vio con alegría que ajustaba bien. (…)

Alicia en el País de las Maravillas (fragmento)
Lewis Carroll


Photo by Viona Art

Oui, je suis très amoureux de toi, mon Ange de la Musique.
Toujours… ensemble.



… ¿y el chocolate caliente?

 

“Soy una persona bastante honesta.

Cuando entiendo las cosas, lo digo, y, cuando no las entiendo, también.

No me gustan las medias tintas. La mayor parte de los problemas, creo yo, surgen por expresarse con poca claridad. Y estoy convencido de que la mayoría de la gente habla de manera ambigua porque, en su fuero interno, busca problemas.

Eso creo yo.”

Haruki Murakami
El Fin del Mundo y un despiadado País de las Maravillas.
 

Hipocrisy, by Alrooh
 

Los hay que con morderse la lengua tendrían fácil acceso a su cicuta particular.

Lástima que en eso es lo único en lo que demuestran sentido común, y no se dan un mordisco de más…

 

Ey, pero de buen rollo 😉

 

 

 


Capítulo 7

 

 

 
 
Tres años de soledad, tres años en las mejores compañías,
tres años de admiraciones, tres años de envidias.
Unos llegaron para quedarse aquí, a mí lado.
Otros tantos que vinieron para irse y no volver jamás.
Otros venían de paso, y decidieron quedarse un rato más.
A todos los que habéis hecho posible que esto se mantenga,
por tercer año consecutivo
y en la siempre exquisita compañía de Cortázar, con quien empezó todo.
GRACIAS. 
 
Quimera


La despedida a un Poeta

 

Hasta mañana

 

Voy a cerrar los ojos en voz baja
voy a meterme a tientas en el sueño.
En este instante el odio no trabaja
para la muerte que es su pobre dueño
la voluntad suspende su latido
y yo me siento lejos, tan pequeño

 

que a Dios invoco, pero no le pido
nada, con tal de compartir apenas
este universo que hemos conseguido

 

por las malas y a veces por las buenas.
¿Por qué el mundo soñado no es el mismo
que este mundo de muerte a manos llenas?

 

Mi pesadilla es siempre el optimismo:
me duermo débil, sueño que soy fuerte,
pero el futuro aguarda. Es un abismo.

 

No me lo digan cuando me despierte.

 

Mario Benedetti

 

 

14 de septiembre de 1920- 17 de mayo de 2009
 
 
 
 
Por tantas veces leído, sentido, regalado y vivido…
… desde Corazón coraza, hasta un Te quiero…
tan sólo un "hasta luego" para uno de los mayores genios de la poesía actual.
Junto a su firma, por supuesto, el amor:
 

(…) sé que voy a quererte sin preguntas
sé que vas a quererme sin respuestas.

 

Bienvenida, fragmento.